"Sed Santos Como Yo Soy Santo"
"Sed Santos Como Yo Soy Santo"
¡Un Llamado Divíno A La Santidad!
_Por Noé Camacho
Introducción
Las Escrituras establecen que el llamamiento divino es un llamado de propósito (Rom. 8:28). Este llamado es de un propósito múltiple, el cuál involucra diferentes demandas para los hijos de Dios. El llamado a la santidad del creyente está en la lista de los "Top Ten," de Dios. La expectativa divína exige del creyente un comportamiento y una etica moral santos, al mismo nivel del llamado que ha recibido, pues ha sido llamado "con un llamamiento santo."
Ahora bien, el principio de la santidad del creyente se basa en la santidad de Dios. Dios es Santo en sí mismo, y toda santidad tiene su origen en él. De ahí, la demanda a Israel bajo el Antiguo Pacto, y a la Iglesia bajo el Nuevo Pacto de: "Sed santos porque yo soy Santo" (1 Pedro 1:16). La santidad de Dios por exelencia es el atributo de los atributos divinos, porque ésta determina la esencia misma del caracter de Dios, quien es "Santo, Santo, Santo," o inmensamente Santo.
La santidad de Dios refleja su perfección ética, y su exelencia moral, así como su naturaleza amorosa y trascendente. Esta trascendencia es la que diferencía su naturaleza divína y pura, en contraste con la naturaleza caída de toda la creación.
La Ley de Dios dada a Israel en Sinaí revela la santidad de Dios; la Ley es santa, justa y buena, porque el que la promulga es Santo y Justo, y su santidad es manifestada en su justicia. La santidad de Dios fue ilustrada a traves de la santificación (separación) de objétos, utencilios, y personas dedicados al servicio de Dios en el Templo. La santificación tanto de personas como de objétos significaba su dedicación para el uso exclusivo del servicio a Dios. Esta separación no era meramente lo que los hacia santos; la presencia del Dios vivo en medio de ellos era la que los santificaba.
Jesús hizó referencia a ésto cuando amonestaba a los fariseos que decían que si alguien juraba por el Templo, no era nada; pero si alguien juraba por el oro del Templo se convertía en deudor. De la misma manera decían que si alguien juraba por el altar, no era nada; pero si alguien juraba por la ofrenda que estaba sobre él, era deudor. La conclusión de Jesús fue que el altar era mayor que la ofrenda, pues ésta era santificada por él. De gual forma, el Templo era mayor que el oro, porque era el Templo el que santificaba el oro. Pero al final, era la majestuosa presencia de Dios que allí habitaba la que santificaba a ambos, al Templo y al altar (Mateo 23:16-22).
Sin la presencia de Dios todo es profano e impuro. Su santidad es impartida donde quiera que él se manifiesta. Moises tuvo que removerse sus zapatos porque el lugar que pisaba era santo, ya que la presencia de Dios estaba allí, y donde está Dios, su presencia santifica y juzga. Por eso, todo lo secular, lo profano y lo inmundo debía ser restringído o eliminado de la vida cotidiana de Israel. Aún cuando alguien se contaminara, debía llevar a cabo algún rito de purificación, antes de presentarse delante del sacerdote en el Templo.
La santidad de Dios puede causar dos efectos en los seres humanos; arrepentimiento o juicio. Cuando el hombre (quien es cien por ciento pecador), es confrontado con la santidad de Dios (el cual es cien por ciento Santo) éste debe sentirse abatido por la conciencia de su naturaleza de criatura caída. Su respuesta debe ser de verguenza y culpabilidad, de temor y reverencia, lo cual lo debe llevar al arrepentimiento. Cuando el hombre, sin embargo, lejos de arrepentirse continua en su pecado, atrae juicio y condenacion para sí.
Apartados Por Dios
En el hombre, la santidad no es una virtud, ni una cualidad, mucho menos un logro propio. No se logra a base del esfuerzo ni de la voluntad humanos, sino de Dios. Así como Dios es el que "justifica" al hombre, también es él quien lo "santifica," externa e internamente. Cabe aclarar, que la "santidad" y la "santificación" no son la misma cosa, a pesar de estar intimamente relacionadas, ya que se derivan, y en ocaciones son traducidas de las mismas palabras hebreas y griegas. Como veremos más adelante, la santidad es al mismo tiempo una condición interna y una posición externa, iniciadas y establecidas por Dios a todos aquellos que "están en Cristo" en el momento de su conversión.
Mientras que la santificación es el acto o proceso por el cuál el Espíritu Santo continua obrando la renovación interna del creyente que ya ha sido "justificado," y "santificado," con el fin de llevarlo hacia un estado de santidad perfecto, que fue iniciado en el momento de su conversion. Así que, tanto el estado de santidad, como el proceso de la santificación del creyente, son ambos la obra de Dios por medio de su Espíritu Santo.
Ahora bien, si todo esto es la obra de Dios, entonces, qué nos toca hacer a nosotros? Bueno, de eso hablaremos más adelante. Por lo pronto, basta decir que la demanda de Dios de "sed santos," es un llamado a desarrollar un crecimiento continuo hacia una formación y madurez que produzcan un caracter santo en el creyente que ya ha sido santificado (apartado) por Dios.
A Israel Dios le dijo: "Santificaos pues, y sed santos, porque yo soy Jehová vuestro Dios, el que os santifico" (Lev. 20:7; 24, 26; 21:8, 15, 23, etc.). La santificación de Israel se refiere al acto soberano de Dios de separarlo de entre todos los pueblos paganos para que fuera propiedad exclusiva de él. Igualmente, los creyentes son apartados por Dios de entre el mundo para venir a ser propiedad de Jesucristo (Rom. 7:4; 1:6; 1 Cor. 1:24). Ya que él mismo "amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por la palabra, a fin de presentarcela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha, ni arruga, ni cosa semejante, sino que fuera santa, y sin mancha" (Ef. 5:25-27; Heb. 13:12). Igualmente, el apostol Pedro declara a la iglesia: "Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios" (1 Pedro 2:9a).
Al adquirirnos, Dios nos consagra y nos santifica por medio de la sangre de Jesucristo, la cual nos hace limpios al lavarnos de nuestros pecados, y nos hace aceptables delante de Dios. La iglesia está formada por "los santificados en Cristo Jesús," quienes son también "llamados a ser santos" (1 Cor. 1:2; Rom. 1:6). Cuando el creyente se arrepiente y se convierte a Jesucristo, entonces es justificado, regenerado, adoptado en la familia de Dios, y santificado externa e internamente para servicio exclusivo de Dios.
La Santidad
Como ya hemos mencionado, la santidad es al mismo tiempo una condición interna, y una posición externa administrada por Dios a todos los que "están en Cristo" cuando son convertidos. La santidad externa es posicional. Es decir, es en nuestra "posición espiritual en Cristo Jesús" que todos los creyentes somos llamados santos. En el Nuevo Testamento la palabra "santo," es usada en referencia a todos los creyentes (1 Cor. 1:2). Un santo no es una persona "preeminente en santidad," ni "eminentemente piadosa," que se auto-sacrifique en vida, y quien despues de muerto merece ser venerado como la Iglesia Romana enseña. Biblicamente, ser santo significa ser consagrado, dedicado, purificado, liberado del pecado, y apartado del uso secular común y profano, para el uso y servicio exclusivo de Dios.
La razón y el propósito del llamado dívino a la santidad del creyente, es porque Dios mismo "nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él" (Ef 1:4). El creyente es lavado y purificado de su depravación carnal y de pecado cuando se arrepiente y cree. Nuestra justificación y nuestra santificación son simultaneamente efectuadas por la persona de Cristo Jesús, y por el poder del Espíritu Santo (1 Cor. 6:11).
Es así que el creyente pasa de muerte espíritual a vida espiritual, al ser regenerado y ser hecho un nuevo hombre en Cristo Jesús en el Nuevo Nacimiento. "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas" (2 Cor. 5:17). El Espíritu Santo hace su morada en el creyente desde el momento que responde con fe al Hijo de Dios. Ya que "habiendo creído en él" fuimos "sellados con el Espiritu Santo de la promesa" (Efesios 1:13).
La Santificación
En la conversión del creyente suceden cosas maravillosas. Dios cambia nuestra disposición inclinada al pecado, a una disposición de obedicencia y fe, e ilumina nuestra mente ciega y carnal para poder entender las cosas espirituales.
El Espiritu Santo obra en nosotros un avivamiento interno, transformandonos en conformidad con nuestra nueva condición y posicion de santidad. Sin embargo, la presencia del pecado continua siendo una realidad dentro del creyente. Por lo tánto, Dios, inicia en él una "santificación progresiva," que culminará en su glorificación cuando Cristo venga por segunda vez.
Como ya hemos mencionado, ésta santificación progresiva es el proceso por el cuál el Espíritu Santo continua obrando la renovación interna del creyente que ya ha sido "santificado," con el fin de llevarlo hacia un estado de santidad perfecto, que fue iniciado en el momento de su conversion.
El Espíritu Santo, sin embargo, no puede forzar al creyente a abandonar su antiguo estilo de vida. Ni le puede obligar a vivir a la altura del llamado que ha recibído. El Espíritu Santo está dispuesto a "redarguir" al creyente, y a "convencerlo de pecado. Por el poder del Espiritu Santo dentro de él, el creyente puede renunciar y abandonar el pecado voluntarimante, pues el pecado ya no tiene poder sobre él (Efesios 3:16). Pero si el creyente no se doblega a la voz del Espiritu Santo, ni le da la libertad de obrar, sino que por el contrario, continua en su pecado, y ejerce su propia voluntad, automaticamente desecha a Dios, y al Espiritu Santo, quien ha sido enviado por Dios (1 Tes. 4:2-8). Dando como resultado el contristamiento del Espiritu Santo (Efesios 4:30), y lo que es más, la partida del Espíritu, pues donde no es bien recibído el Espíritu Santo se aleja.
Aceptando El Llamado
Dios ha efectuado nuestra santificación, y ha puesto a nuestra disposición la guianza y el poder del Espiritu Santo para auto consagrarnos a él, y para tener una vida de victoria sobre el pecado, en santidad y obediencia delante de Dios.
Nuestra respuesta debe ser el consagrarnos a Dios, y nuestro objetivo al consagrarnos debe ser el desarrollar un crecimiento en santidad continuo, que nos lleve a alcanzar una formación y madurez cristiana, que a su vez produzcan en nosotros un caracter y una actitud santas, en semejanza al Hijo de Dios.
En nuestra nueva relación con Dios los creyentes somos responsables de conformarnos al caracter y a la voluntad de Dios, que en naturaleza son santos. El llamado divino a la santidad del creyente tiene implicaciones morales y eticas, que demandan un andar digno como hijos de Dios (Ef. 4:1), manifestado en un estilo de vida, y una actitud que glorifiquen a Dios.
Así como la santidad, y la santificación no son la misma cosa, tampoco la santificación y la consagración son la misma cosa. Mientras que la santificación es algo que Dios hace por el creyente y en el creyente, la consagración es algo que el mismo creyente hace al presentar su nueva vida ya santificada por el poder regenerador del Espíritu Santo, y la consagra a Dios. A esto se refiere el apostol Pablo cuando escribe; "Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Rom. 12:1-2).
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